19 enero 2008

Mi Moleskine


Antes que yo, la utilizaron Picasso, Bruce Chatwin y Hemmingway, o, al menos, eso es lo que cuenta la publicidad. Y un montón de gente más, a rebufo de estos grandes autores. En cualquier caso, es una libreta cómoda de usar, y, por qué no decirlo, hace que lo que escribes parezca mejor, como si te sintieras en la obligación de no soltar ligerezas. Las cosas absorben el valor añadido que subjetivamente le des.

Hay quien ha dibujado con acuerelas en su Moleskine. Tengo que probarlo, me atrae la idea de pintar en una libreta y quitarle la solemnidad de un papel destinado a ser enmarcado. Además, su papel es robusto y sin satinar, lo que facilita la absorción del agua sobrante. Todavía recuerdo los maravillosos cuadernos de campo de la serie "El hombre y la Tierra", ilustrados con destreza y llenos de anotaciones en los márgenes.

El dibujo de arriba está hecho con pluma estilográfica, y las sombras grandes con rotulador de punta gruesa.

15 enero 2008

TONY SIMPSON

O Homer Soprano.




No he resistido la tentación de poner esta imagen que une las dos mejores series de la historia.




Feliz año a todos.





PD: El dibujo se basa en esta maravillosa fotografía:

03 noviembre 2007

Paso a paso: Una portada para un cuento

Este fin de semana, aprovechando el puente de Todos los Santos, he dibujado una portada para un cuento que se publicará cerca de Navidad.

He fotografiado paso a paso todo el proceso, desde la documentación hasta el resultado final, imagino que para quien no esté familiarizado con ello le resultará interesante, o, al menos, curioso.

La portada la componen tres elementos: Un personaje gordo en primer plano, un autobús de dos pisos y un ayudante de laboratorio, una especie de Igor de "El jovencito Frankenstein". La única documentación que necesitaba era una imagen del típico autobús londinense:





























Con esta foto ya puedo hacer un par de bocetos del autobús, así consigo hacerme con el "espíritu" del modelo:

































Ahora dibujo unos cuantos Igor, hasta que encuentro el que me gusta:





























Luego hago lo mismo con el personaje gordo y siniestro, y realizo un encaje previo de los tres elementos:



























Con todo dispuesto, ya sólo queda encajarlo todo en el soporte elegido, en este caso papel:





































Enmascaro y doy los colores de las grandes superficies con aerógrafo:








































Y, por último, termino todos los detalles con pincel y acrílicos:









































Materiales empleados: Acrílicos y tinta china sobre papel.
Espero que os haya gustado.

(Nota: Si pulsáis sobre las imágenes se ven más grandes)

17 octubre 2007

LIFE AQUATIC: El Cousteau que admiré






Lo bueno de tener una bitácora como esta, es que te permite poco a poco ir rindiendo cuentas con todo aquello que, de una u otra forma, te ha marcado y ha forjado lo que eres. Lo vas desgranando poco a poco o todo de golpe, conforme lo necesites.

Hoy iba a hablar de Life Aquatic, la maravillosa película de Wes Anderson, un chaval de mi quinta, pero, en realidad, de quien voy a hablar es del comandante Cousteau, uno de los pioneros del buceo y en cuya vida se basa la película.

Los que me conocen saben que soy un apasionado del submarinismo y que, hasta hace bien poco, recorría el Mediterráneo enfundado en neopreno y cargado de botellas. Hoy, mi buceo se limita a breves excursiones subacuáticas con mis dos hijos de cuatro y siete años por el Mar Menor, que a ellos les debe de parecer el Cabo de Buena Esperanza. Este verano hice una inmersión nocturna con los dos niños y José Manuel, el sobrino de Sergio, en la que, provistos de linternas estancas, nos sumergimos en las procelosas aguas de Lo Pagán, donde hay tan poca agua que necesitamos arrodillarnos para que nos cubra, pero que a ellos les pareció la Gran Barrera de Coral en la que en cualquier momento podría aparecer el tiburón blanco de Spielberg, a juzgar por los gritos de terror y las risitas nerviosas que soltaban. Creo que fue una de las noches que recordarán toda su vida.

Mi afición al submarinismo comenzó más o menos a su misma edad, en los 70, de la mano de un primo mío varios años mayor que yo, Antoñín, que vivía en Alicante. Yo pasaba varias semanas al año en su casa y siempre tenía preparadas para mí unas gafas, unas aletas, un tubo y un tridente para pescar, que cargábamos en su modernísimo Renault-8 TS. Luego íbamos a Urbanova, a un tiro de piedra de Alicante, y, con un poco de paciencia y habilidad, volvíamos a casa con un pulpo o dos y media docena de cangrejos. Los cangrejos, indefectiblemente palmaban todos, por más que yo cambiara a menudo el agua del cubo donde estaban. Sé que hoy en día eso se considera una aberración antiecológica y está mal visto, pero, qué queréis que os diga, eran otros tiempos. Además, alguno hubo que se vengó atrapando con sus pinzas mis tiernos deditos. Cada día que pasaba me sumergía más profundo y aguantaba la respiración más tiempo y, para cuando acababa el verano y debía de volver, ya estaba hecho un pececillo capaz de encontrar un pulpo en su guarida sin haberlo visto siquiera, por las pistas que dejaba en la entrada. Luego volvía a casa, comenzaba el colegio y me esperaban los fabulosos documentales de El Mundo Submarino de Cousteau, por las tardes a la hora de la merienda. Allí estaba yo, con la nariz pegada a la televisión Philips en blanco y negro del salón, y el bocadillo de nocilla. Con ellos descubrí el largo camino de la langosta, la salvaje inocencia de los tiburones y la aparatosidad y la dulzura de la ballena. Me fascinaron la Antártida y sus paisajes. Fui un miembro más de la tripulación del Calypso e hice amigos que fueron como hermanos: André Laban, Frederic Dumas, Phillippe Cousteau (el hijo del Comandante) y Albert Falcó. Lloré junto a ellos la pérdida de Phillippe en un accidente de avioneta que le costó la vida. Cousteau siempre estaba dispuesto a enseñarte una carta de navegación, señalar un punto y llevarte allí con su destartalado barco. Creador incansable, desarrolló varios inventos, siendo el más famoso de ellos el regulador de buceo. El regulador es ese aparato que te pones en la boca y se conecta a la botella, que se encarga de darte aire a la profundidad a la que estés. Lo creó junto al ingeniero Emile Gagnan. Además perfeccionó sistemas de filmación y fotografía submarina, mini-submarinos y un montón de cosas más. Cousteau siempre me dio la impresión de ser un niño que se divertía creando todas esas cosas.

Esto es lo que refleja la película “Life Aquatic”. En ella, el “Calypso” es el “Belafonte”, y Cousteau es Steve Zissou (Bill Murray). No es una película que recomiende a ojos cerrados, al contrario que otras de esta misma bitácora. Tiene un sentido del humor raro, pero que me encanta.

Para definir el carácter afable de Zissou, hay una escena en la que el comandante discute con el presidente de la compañía que financia su expedición, y éste decide mandar con él para su próximo viaje a un “títere de la compañía” como llama al contable el presidente, para que vigile su contabilidad. El títere es poquita cosa, bajito, calvo, con gafas y mirada asustada. Una vez a solas con él en el ascensor, Zissou-Cousteau le espeta:


ZISSOU:
No creas que voy a dejar que nos jodas
TITERE DE LA COMPAÑÍA:
¿Por qué iba a hacer eso?
ZISSOU:
Porque eres un títere de la Compañía
TÍTERE DE LA COMPAÑÍA (sorprendido por la acusación):
Sí, pero también soy un ser humano.
ZISSOU (arrepentido):
Tienes razón, perdona.

A continuación, juntan las manos en una especie de saludo secreto y el títere sonríe, feliz por haber sido aceptado. Él también es desde ahora un miembro más. Como todos. Fue un honor compartir este tiempo. Gracias.


Jacques Cousteau murió el 25 de junio de 1997 a los 87 años.

Descansa en paz, Comandante.

Tu tripulación.



10 octubre 2007

SMOKE, algo más que un cuento de Navidad

Ayer vi Smoke, la película en la que, por una vez y sin que sirva de precedente, es más famoso su guionista, Paul Auster, que el director, Wayne Wang.

No sé si habéis leído algo de Paul Auster. Bueno, sé que Lola sí, y que es una de sus grandes seguidoras. Para los demás, os informo de que Auster es un escritor de historias que están dentro de historias y a su vez dentro de más historias. Es como Tarantino cuando hace que dos personajes charlen sobre el nombre de las hamburguesas en Francia mientras van a liquidar a alguien: te interesa lo que dicen, aunque sea una soberana memez. Pues Auster, además, riza el rizo: todas sus historias, aún las más pequeñas, son buenas, y se columpia en ellas para, al final, alehooop, unirlas todas sin que te haya dado tiempo a verlas venir ni distinguir sus costuras. Luego se sube las mangas y no te explicas de dónde ha sacado el as. Encima, sus protagonistas son simpáticos y caen bien.

Smoke está protagonizada por Auggie (Harvey Keitel), un estanquero que ve pasar la vida desde su tienda. Auggie es un aficionado un poco raro a la fotografía: Sólo hace una foto al día, siempre desde el mismo sitio y siempre a la misma hora desde hace veinte años. Luego guarda esas fotografías en álbumes, todas con la misma perspectiva y el mismo edificio, unas con sol, otras nublado, otras lloviendo, otras con un gran camión delante, otras con parejas de la mano. Auggie es uno de esos tipos que quieres tener por amigo. No te va a salvar la vida en un ataque terrorista, ni se pondría delante de ti en un tiroteo, ni recibiría en tu lugar la paliza que te mereces por estar toda la noche dándole la brasa a la novia rubia del mastodonte de la Harley. Auggie es mejor que eso: Cuenta historias. Sin prisa. Se toma su tiempo: enciende un cigarrito, gesticula, hace una pausa en el momento más interesante para darle un trago a la cerveza (a morro, claro, nunca en vaso), y te va enganchando poco a poco. Paul Benjamin es el otro protagonista de la película y es un escritor que tuvo cierto éxito hace algún tiempo, pero que ya no da pie con bola desde que un chiflado disparó contra su mujer y otros veinte transeúntes más desde una azotea. Desde entonces es un pobre tipo que malvive en un apartamento de Nueva York intentando rascar algo de cualquier vivencia que le sirva para componer un libro.

Hay una escena, de esas de las que se sirven los guionistas para plantear las relaciones entre distintos personajes, que refleja muy bien la química que mantienen Auggie, el del estanco y Paul, el escritor. Paul llega corriendo hasta el estanco cuando Auggie está echando el cierre. No ha encontrado abierta la tienda por segundo. Paul se lamenta de su tardanza, casi asustado ante la perspectiva de quedarse sin tabaco. Auggie le lanza una media sonrisa, con su eterno pitillo en la boca, y con cara de cachondeo, le dice “eh, tranquilo, esta noche no tenía entradas para la ópera”. Vuelve a abrir la tienda y allí comienzan a hablar de fotografía, y Auggie le enseña su colección de fotos iguales.

Por supuesto, hay muchas más cosas en la película. Como he dicho antes, historias que envuelven otras, y esas a otras más. Pero para enteraros, tendréis que ver la película.

Aquí dejo un vídeo del Youtube en el que se ve a Auggie contándole a Paul Benjamin cómo consiguió su cámara de fotos réflex, una historia que regala a Paul para que la escriba. Y es mi regalo, adelantado, de Navidad. No olviden conectar los altavoces. Que ustedes lo disfruten.




08 octubre 2007

REINA MORA: El punto de vista humano

El viernes por la noche, aprovechando la generosa oferta que me hicieron unos familiares de hacerse cargo de los niños por unas horas, salimos a cenar a la Reina Mora, un restaurante que han abierto hace poco en El Paraje, una pedanía de Alguazas, a un tiro de piedra de Molina. Fuimos cuatro: Raquel, Irene, Sergio y yo. Sergio es el administrador de la bitácora gastronómica “El cielo de la boca” de la que hay un enlace directo en esta misma página, pero, por si alguien considera que es mucho trabajo ir con el ratón hasta el enlace, lo incrusto aquí. Durante la cena, Sergio y yo nos repartimos el trabajo de hacer la crónica del evento en nuestras respectivas bitácoras: él se encargaría de la crítica gastronómica y yo del punto de vista humano. Pensamos que sería más divertido al contrario, ya que yo no tengo ni idea de gastronomía ni él de puntos de vista, pero al final lo dejamos como pensamos al principio.

El local está situado junto a la Torre del Moro, que es ni más ni menos que eso, una atalaya de forma cúbica de unos tres pisos de altura construida por los moros para la defensa de la población (magrebíes les llaman ahora los defensores de lo políticamente correcto, demostrando así su absoluta ignorancia de la historia de España y sus denominaciones). La Torre ha estado abandonada a su suerte prácticamente desde que se largó el último moro que hizo la mili allí. Ya en mis tiempos mozos era una especie de Club Social Juvenil en ruinas donde la gente iba a fumar porros y si le entraba un apretón, aliviarse. Merced a ello, las piedras andaban muy solicitadas en ciertos oscuros rincones. Es posible, incluso, que algunas de esas piedras que ahora se exhiben en vitrinas contengan restos atribuidos erróneamente a los hijos de Alá. Pero bueno, dejémonos de cochinadas y volvamos a los tiempos actuales. Ahora, la Torre está convenientemente protegida de vándalos fumadores de hierba de estómago ligero y el Restaurante Reina Mora se encuentra perfectamente integrado en el entorno. Tan bien integrado que es difícil de apreciar qué parte de la construcción es nueva y qué parte no.

La cena comenzó a eso de las diez y media de la noche, en el interior del local. Nos acomodaron en dos mesas circulares juntas. Como no nos gustó la disposición, y las vistas de fuera eran mucho mejores, salimos a una terracita donde estábamos solos en, esta vez sí, una gran mesa, con una temperatura muy agradable y donde tres de los cuatro comensales podrían fumar. Que me da a mí que era el motivo principal de sus quejas a la disposición anterior: dentro del restaurante no se puede fumar. Malditos viciosos.

La cena estuvo bien, fue un menú degustación de esos de muchos platos y poca cantidad. Por error nos trajeron el postre antes que el pescado. Error que el camarero intentó subsanar invitándonos a un vino blanco. En cuanto a la comida en sí, no sé lo que pensará mi compañero de El Cielo de la Boca, pero no me pareció gran cosa, salvo las salsas que acompañaban al plato principal, que estaban de toma pan y moja. Literalmente.

Luego, para acabar la noche, bajamos a la Bodega, un apartado del restaurante donde puedes tomar una copa con la música a un volumen que te permite charlar. Noté un fallo en la insonorización que hacía que pudieras oír perfectamente la conversación de la mesa de al lado, mientas que tenías que hacer un esfuerzo para enterarte de lo que decían en la tuya.

En general, lo vi recomendable. No intentan impresionar con una carta llena de sugerencias. Es más, creo que la carta es escasa, con una página para el menú de degustación, otra para los entrantes, platos principales y postres, y la última para los vinos. Ideal para quien quiera repetir una y otra vez el mismo plato que les gustó la primera vez, pero corto para quienes, como yo, esperan conocer cosas nuevas cada vez que salen a cenar. Y hasta aquí la crónica social, o la del punto de vista humano.

Postdata: Si vais al baño, ya no hacen falta piedras.

Postdata dos: Ya hay fotos. Perdón por la pésima calidad, pero es lo que tienen las fotos de los móviles, son tan malas como los fotógrafos, ejem, ejem...





27 septiembre 2007

DÍAS DE RADIO. El mago de Nueva York.


Cuando comienza la película, una voz en off nos recuerda lo importante que era la radio en los años cuarenta, el único medio de comunicación de masas si exceptuamos los escritos y el cine, menos inmediatos. La gente pasaba todo el día pegado al aparato de radio, conocían todos los programas y melodías y cada uno de los miembros de la familia tenía su favorito. A continuación, para ilustrar hasta que punto era importante la radio en cualquier hogar, la escena nos muestra a dos ladrones en un domicilio. De los ladrones sólo vemos los haces de sus linternas: la oscuridad es completa. De repente suena el telefóno. Las linternas se agitan, inquietas.
Ladrón uno: ¿Crees que debemos contestar al teléfono?
Ladrón dos: ¿Te has vuelto loco?
El teléfono sigue sonando. Por fin, el ladrón uno se decide y lo levanta.
Ladrón uno: ¿Diga?
El escenario cambia a un decorado donde se transmite un programa de radio en directo con público. Iluminación de teatro.
Locutor: ¡Señor Martin Idelman, le hemos elegido del listín telefónico para que adivine esta melodía! (la orquesta de la radio toca una pieza musical) ¿Puede decirnos el título de la melodía que está tocando la orquesta?
Casa de los Idelman. A oscuras.
Ladrón uno (a su compañero, en voz baja): No oigo bien ¿quieres poner la radio? Creo que conozco la melodía
Ladrón dos: ¿Pero qué haces?
Ante la pasividad del ladrón dos, el ladrón uno corre hacia la radio y la enciende él. Ahora la melodía invade toda la casa
Ladrón uno: ¡Bailando en la oscuridad!
Emisora de radio
Locutor: ¡Correcto! (Aplausos del público)
La escena continúa y el ladrón uno adivina dos temas más y consigue el gran premio. Aplauso del público.
Casa de los Idelman. A oscuras.
Ladrón uno: ¡Soy rico! ¡Soy rico! ¡Hemos ganado! (los ladrones uno y dos se abrazan entre risas)
Casa de los Idelman. La mañana siguiente. El señor Idelman se apoya incrédulo en la barandilla. Un camión descarga varios electrodomésticos en la puerta de su casa.
La voz en off nos informa de que al señor Idelman le robaron cincuenta dólares la noche anterior. Por la mañana, ve cómo un camión descarga varios electrodomésticos que son el primer premio de la radio. No lo entiende muy bien.

Menuda escena ¿eh? Así comienza “Días de radio”. Toda la película está repleta de gags parecidos, de los que Allen parece tener una mina inagotable. Muy recomendable para esos días en que te apetece un masaje en el alma. De la misma forma tímida con que te hace reír, Allen te coge de la mano y te lleva, una o dos escenas después, al barrio en que creció. Llueve. Es un barrio pobre. Hay uno o dos coches oscuros de época en la acera. La cámara se adentra en un travelling desde el aire en el barrio.

La misma voz en off: “Nos encontramos en mi viejo barrio, y perdonadme si miro el pasado con sentimentalismo. Por supuesto que el tiempo no siempre era nublado ni lluvioso como en esta escena, pero lo recuerdo así porque todo era más entrañable cuando llovía.”

Woody Allen en estado de gracia. Sé que no es una película de estreno, pero es de ésas que ves en la estantería y no le haces demasiado caso y sigues buscando. No busques más. Los agradecimientos, en efectivo o con tarjeta, me da igual.