Lo bueno de tener una bitácora como esta, es que te permite poco a poco ir rindiendo cuentas con todo aquello que, de una u otra forma, te ha marcado y ha forjado lo que eres. Lo vas desgranando poco a poco o todo de golpe, conforme lo necesites.

Hoy iba a hablar de
Life Aquatic, la maravillosa película de Wes Anderson, un chaval de mi quinta, pero, en realidad, de quien voy a hablar es del comandante Cousteau, uno de los pioneros del buceo y en cuya vida se basa la película.
Los que me conocen saben que soy un apasionado del submarinismo y que, hasta hace bien poco, recorría el Mediterráneo enfundado en neopreno y cargado de botellas. Hoy, mi buceo se limita a breves excursiones subacuáticas con mis dos hijos de cuatro y siete años por el Mar Menor, que a ellos les debe de parecer el Cabo de Buena Esperanza. Este verano hice una inmersión nocturna con los dos niños y José Manuel, el sobrino de Sergio, en la que, provistos de linternas estancas, nos sumergimos en las procelosas aguas de Lo Pagán, donde hay tan poca agua que necesitamos arrodillarnos para que nos cubra, pero que a ellos les pareció la Gran Barrera de Coral en la que en cualquier momento podría aparecer el tiburón blanco de Spielberg, a juzgar por los gritos de terror y las risitas nerviosas que soltaban. Creo que fue una de las noches que recordarán toda su vida.

Mi afición al submarinismo comenzó más o menos a su misma edad, en los 70, de la mano de un primo mío varios años mayor que yo,
Antoñín, que vivía en Alicante. Yo pasaba varias semanas al año en su casa y siempre tenía preparadas para mí unas gafas, unas aletas, un tubo y un tridente para pescar, que cargábamos en su modernísimo Renault-8 TS. Luego íbamos a Urbanova, a un tiro de piedra de Alicante, y, con un poco de paciencia y habilidad, volvíamos a casa con un pulpo o dos y media docena de cangrejos. Los cangrejos, indefectiblemente palmaban todos, por más que yo cambiara a menudo el agua del cubo donde estaban. Sé que hoy en día eso se considera una aberración antiecológica y está mal visto, pero, qué queréis que os diga, eran otros tiempos. Además, alguno hubo que se vengó atrapando con sus pinzas mis tiernos deditos. Cada día que pasaba me sumergía más profundo y aguantaba la respiración más tiempo y, para cuando acababa el verano y debía de volver, ya estaba hecho un pececillo capaz de encontrar un pulpo en su guarida sin haberlo visto siquiera, por las pistas que dejaba en la entrada. Luego volvía a casa, comenzaba el colegio y me esperaban los fabulosos documentales de
El Mundo Submarino de Cousteau, por las tardes a la hora de la merienda. Allí estaba yo, con la nariz pegada a la televisión Philips en blanco y negro del salón, y el bocadillo de nocilla. Con ellos descubrí el largo camino de la langosta, la salvaje inocencia de los tiburones y la aparatosidad y la dulzura de la ballena. Me fascinaron la Antártida y sus paisajes. Fui un miembro más de la tripulación del Calypso e hice amigos que fueron como hermanos: André Laban, Frederic Dumas, Phillippe Cousteau (el hijo del Comandante) y Albert Falcó. Lloré junto a ellos la pérdida de Phillippe en un accidente de avioneta que le costó la vida. Cousteau siempre estaba dispuesto a enseñarte una carta de navegación, señalar un punto y llevarte allí con su destartalado barco. Creador incansable, desarrolló varios inventos, siendo el más famoso de ellos el regulador de buceo. El regulador es ese aparato que te pones en la boca y se conecta a la botella, que se encarga de darte aire a la profundidad a la que estés. Lo creó junto al ingeniero Emile Gagnan. Además perfeccionó sistemas de filmación y fotografía submarina, mini-submarinos y un montón de cosas más. Cousteau siempre me dio la impresión de ser un niño que se divertía creando todas esas cosas.
Esto es lo que refleja la película “Life Aquatic”. En ella, el “Calypso” es el “Belafonte”, y Cousteau es Steve Zissou (Bill Murray). No es una película que recomiende a ojos cerrados, al contrario que otras de esta misma bitácora. Tiene un sentido del humor raro, pero que me encanta.
Para definir el carácter afable de Zissou, hay una escena en la que el comandante discute con el presidente de la compañía que financia su expedición, y éste decide mandar con él para su próximo viaje a un “títere de la compañía” como llama al contable el presidente, para que vigile su contabilidad. El títere es poquita cosa, bajito, calvo, con gafas y mirada asustada. Una vez a solas con él en el ascensor, Zissou-Cousteau le espeta:
Sí, pero también soy un ser humano.
ZISSOU (arrepentido):
Tienes razón, perdona.